1881-2023: el salto cuántico de la ciencia – La Vanguardia

Big Vang
La exploración espacial simboliza el progreso de la humanidad a lo largo de las últimas décadas 
Josep Corbella
Barcelona
Si un periodista viajara en el tiempo desde 2023 a la Barcelona de 1881, se encontraría en un mundo extraño donde poco de lo que sabe le serviría. Debería ser discreto sobre su procedencia, ya que nadie conocería aún las paradojas temporales de la teoría de la relatividad y podría acabar preso en un manicomio, según la costumbre de la época. Supongamos por un momento que convenciera a los Godó, o al primer director de La Vanguardia , de entrevistar a los científicos cuyas investigaciones iban a cambiar el mundo.
Podría empezar por Louis Pasteur, a quien contactaría por carta e iría a visitar en ferrocarril, pues no había aún ni teléfonos ni aviones. El químico y microbiólogo francés le explicaría su teoría de que los gérmenes causan enfermedades, su proyecto de desarrollar una vacuna contra la rabia, y su atrevida propuesta de que los cirujanos se lavaran las manos y desinfectaran los instrumentos antes de operar. 
Pero si el periodista le preguntara cómo curar las enfermedades causadas por gérmenes, Pasteur no podría darle respuesta. Aún faltaba casi medio siglo para descubrir el primer antibiótico contra las infecciones causadas por bacterias. Y los virus ni tan solo se habían descubierto.
La serie de entrevistas podría continuar con el joven físico alemán Heinrich Hertz, el de las ondas hertzianas, que pocos años más tarde demostraría la existencia de las ondas electromagnéticas. Gran parte de las tecnologías que nuestro periodista utilizaba antes de viajar al pasado se basan en las ondas descubiertas por Hertz. Sin ondas electromagnéticas, no habría ni radio ni satélites ni móviles ni internet. 
Pero Hertz no podía imaginar ninguno de estos avances. Cuando le preguntaron por las aplicaciones de su trabajo, contestó humildemente: “nada, supongo”. Murió joven, a los 36 años, sin saber que la radiación electromagnética está mediada por partículas, más tarde llamadas fotones, en las que se basan las tecnologías cuánticas que tantas expectativas suscitan en 2023.
Mejores titulares daría el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli, que en 1877 dijo haber descubierto canales en la superficie de Marte. Schiaparelli en ningún momento dijo que los canali , como los llamó, fueran obra de marcianos. Pero sus palabras se tradujeron erróneamente al inglés como canals (de origen artificial) en lugar de channels (de origen natural), lo que popularizó la idea de que Marte estaba habitado. El propio Schiaparelli defendió que podía haber vida orgánica en Marte.
Le hubiera encantado saber que un siglo más tarde se enviarían naves a Marte, y más allá, y que existiría una nueva profesión de viajeros espaciales, y que podrían ser tanto hombres como mujeres. Más inverosímil le parecería que la Vía Láctea no contenga todo el Universo, sino que sea una galaxia entre billones; y que el Universo no sea estático y eterno, sino que naciera en un big bang, esté en expansión y no se sepa cómo acabará.
De regreso a Barcelona, el enviado especial al pasado podría entrevistar unos años más tarde a Santiago Ramón y Cajal, que vivió cinco años en el barrio del Raval, en la época en que descubrió que el sistema nervioso está formado por un tipo peculiar de células conectadas entre ellas llamadas neuronas, y que en 1906 se convertiría en el primer –y hasta ahora único- científico que ha recibido un premio Nobel por una investigación hecha en España.
La Vanguardia informaba ya en aquella época a sus lectores sobre avances médicos y científicos en artículos firmados por ilustres colaboradores. Sobre medicina escribió el doctor Bartomeu Robert, el médico más destacado de la sociedad barcelonesa en las últimas décadas del siglo XIX, que sería alcalde de la ciudad en 1899. Sobre astronomía publicó artículos durante más de veinte años Josep Comas i Solà, pionero de la divulgación científica en España y eminente astrónomo que descubrió que la luna Titán de Saturno tiene atmósfera.
Tal vez lo que más sorprendiera al periodista fuera la extrema ignorancia de aquellos grandes científicos del pasado sobre el ADN, los electrones, los homínidos y otros conceptos elementales que hoy se aprenden en la escuela. Inevitablemente deduciría que nosotros pareceremos igualmente ignorantes a los humanos del año 2165, cuando hayan pasado otros 142 años.
Con una diferencia: los científicos de la época de Pasteur pensaban estar ayudando a mejorar el mundo; los de hoy han descubierto lo suficiente para saber que las generaciones futuras pagarán los excesos de la humanidad actual. Quienes lean La Vanguardia en el 2165, si es que aún existe (¿por qué no?), nos verán no solo como ignorantes. También como arrogantes e irresponsables: ¿cómo es posible que, sabiendo lo que estaban haciendo, dejaran el mundo como lo dejaron?
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